Llamadme ingenua, pero todavía me sorprende la avaricia y el hijoputismo que aflora en algunos seres humanos. La época de estrecheces que nos toca sufrir no hace sino sacar lo peor de cada uno, al menos en algunos casos. Y al final acabamos pagando el pato los de siempre.
Será que yo me enciendo muy pronto pero, en cuanto me han contado que a una amiga sus jefes se han negado a pagarle parte del sueldo porque ha estado de baja, amenazándola para el futuro, cuando el convenio le asegura el 100% del salario, cuando ella se ha partido el culo por hacer bien su trabajo y parte del de los demás y porque el trabajo saliera adelante cuando ellos han sido lo suficientemente irresponsables como para estar fumados hasta las cejas y pasar de los clientes… me han dado ganas de presentarme allí y hacer que ardiera Troya.
Que una niñata con ínfulas de empresaria venga a pisotear los derechos de los trabajadores que tanto esfuerzo ha costado conseguir, clama al cielo. Que bajo terrible sombra del paro se abusen y traten de aprovecharse de la gente me pone de una mala hostia del copón.
Saber del pequeño abuso diario al que someten a la gente, sobre todo en las empresas pequeñas en las que parece que todo queda “en familia” y en las que a base de pequeños favores acaban esclavizando a los trabajadores hasta que de un día para otro estorban y les dan una patada, me llena de un asco indecible.
Lo que cada vez tengo más claro es que los jefes, son jefes siempre, nunca amigos. De miserias humanas está el mundo lleno y por lo visto de miserables también.
He dicho.

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